
A toda la Familia Hospitalaria de
San Juan de Dios

Apreciados todos:
Celebramos con alegría y gratitud al
Señor la fiesta de San Juan de Dios. Nuestro Fundador fue un modelo de
hospitalidad para todos, en primer lugar para aquellos que se beneficiaban de
su caridad. Su vida fue modelo y estímulo para los religiosos, sus hijos
espirituales, y para todas las personas de cualquier condición y clase social
de su tiempo, así como también del nuestro. Él vivió en tiempos muy difíciles
en los que, además de la pobreza y la miseria —condiciones comunes para la
mayoría de las personas—, existían diversos conflictos y fuertes desigualdades
sociales. De todo ello tenemos confirmación en la historia, en los testimonios
sobre él y en las biografías que nos han llegado. Partiendo precisamente de
esta premisa, quisiera intentar decir algo sobre las decisiones que tomó Juan
de Dios.
Los tiempos de San Juan de Dios eran
difíciles, como también lo son los nuestros. Resulta muy iluminador lo que
sostiene San Agustín de Hipona en uno de sus discursos: “¡Son tiempos malos,
tiempos difíciles!, se dice. Pero tratemos de vivir bien y los tiempos serán
buenos” (80,8). Esta expresión, tan verdadera y profunda, arroja luz sobre
las decisiones radicales y proféticas de Juan de Dios. Él vivió en un tiempo lejos de ser mejor que el
nuestro; precisamente por ello, su experiencia de hospitalidad, nacida del
contacto directo con el sufrimiento humano y sostenida por una profunda fe en
Dios, lo hizo capaz no sólo de encarnar de manera radical los valores
cristianos, sino también de dar un rostro nuevo a la época en la que estaba
llamado a vivir por Cristo, unido a Cristo y totalmente en Él.
San Agustín, con sus palabras, nos
ayuda a comprender el camino que siguió Juan de Dios para contribuir a la
construcción de un mundo más humano, evangélico y justo. Afirma que la mejora
de la condición temporal no depende sólo del contexto externo, sino también del
comportamiento y de las acciones de las personas. “Tratemos de vivir bien”
es una invitación a actuar con principios éticos, integridad y respeto mutuo.
Es un llamado a la acción para cambiar la manera en que nos relacionamos unos
con otros y con el mundo. Además, al decir “los tiempos serán buenos”,
quiere afirmar claramente que nosotros somos “los tiempos”. Esta afirmación es
particularmente poderosa: subraya que los “tiempos” no son entidades
abstractas, sino el resultado de las decisiones y acciones de las personas.
Cada individuo tiene un papel al determinar la calidad del tiempo presente. Si
los hombres viven bien, contribuyen a crear un contexto mejor para todos.
Apreciados todos, he recordado estas
expresiones de San Agustín como una invitación a mirar dentro de nosotros
mismos y reconocer los recursos humanos, espirituales y “carismáticos” que
tenemos para determinar nuestra realidad. El tiempo de “crisis” que estamos
viviendo nos exige un gran esfuerzo de cambio; es fácil caer en la tentación de
atribuir la culpa a factores externos. Debemos recordar que somos nosotros, con
nuestras acciones cotidianas, quienes modelamos el mundo en el que vivimos.
Vivir bien, promover valores de justicia, respeto, calidad, empatía,
espiritualidad y responsabilidad social son acciones que pueden influir
positivamente en la sociedad y en la realidad en la que estamos llamados a
actuar.
Durante el encuentro con los
Superiores Provinciales el pasado octubre recordaba que vivimos en un mundo en
rápida evolución y a menudo desorientado, y que nuestra Orden Hospitalaria está
llamada a permanecer como signo vivo de la misericordia de Dios: una casa
abierta donde todos, independientemente de sus heridas o fragilidades, puedan
encontrar acogida, escucha y consuelo. Los cambios radicales que atraviesa
nuestra sociedad —sean políticos, económicos, ambientales, culturales o
espirituales— podrían desanimarnos o llevarnos a encerrarnos en nosotros
mismos.
Sin embargo, es precisamente en
estos tiempos de incertidumbre cuando nuestra vocación a la hospitalidad
adquiere todo su significado. Expandir la hospitalidad significa elegir amar,
creer y esperar a pesar de todo. Es negarse a dejar que el miedo, el cansancio
o la resignación tengan la última palabra.
San Juan de Dios nos enseña una
hospitalidad del corazón: aquella que comienza mirando al otro como un hermano.
Aquí reside el primer milagro: reconocer en cada persona —enferma, pobre,
exiliada, colaboradora, hermano anciano o joven en formación— el rostro de
Cristo sufriente y amoroso. Es esta actitud interior, hecha de humildad y
respeto, la que fundamenta nuestro modo de estar en el mundo para ser presencia
de esperanza.
Hoy vivimos en contextos muy
variados en cuanto a cultura y religión. Son muchos los desafíos que nos
esperan. San Juan de Dios nos enseñó a vivir cada contexto como una oportunidad
que Dios nos ofrece para cuidar y evangelizar, o mejor dicho, evangelizar
cuidando. El carisma de San Juan de Dios brota del Evangelio de la
Misericordia; por ello no podemos renunciar a nuestra misión ni siquiera en
ambientes más refractarios. Necesitamos descubrir las potencialidades de
nuestro carisma para responder a los desafíos de nuestro tiempo. Sentimos la
necesidad de un serio discernimiento para no correr el riesgo de un enfoque de
la hospitalidad puramente horizontal que podría oscurecer la dimensión de la
gracia que vive en el don de la Hospitalidad. Las estructuras podrían
desaparecer, pero no la santidad del carisma que las hizo florecer. El
verdadero apego no es al espacio, sino a la vida carismática vivida en ese
contexto. Cuando el carisma se vive plenamente como un fuego de caridad, se
puede transmitir a otros lugares, de nuevas formas, nuevos espacios y nuevas
oportunidades.
Siguiendo con lo anterior, quisiera
recordar un ejemplo concreto de evangelización de nuestro Padre Juan de Dios.
Testigos cuentan que un día entró en el Albaicín (barrio árabe) de Granada;
muchos moros se le acercaron y le dijeron: “Dinos, buen hombre, ¿qué
milagros hizo tu Cristo?”. Y el hombre de Dios respondió: “No es milagro
pequeño, sino grande, que no me haya alterado todavía con vosotros y que no
haya perdido la paciencia, porque así me lo manda Cristo mi Señor, mientras vosotros
me tratáis tan mal y me dirigís tantas injurias”[1].
Este relato tan significativo nos impulsa a vivir nuestra presencia allí donde
estamos llamados a vivir la Hospitalidad como testigos creíbles del mensaje que
anunciamos con nuestra misión.
Cada uno de nosotros está llamado a
vivir su tiempo en un lugar, a hacer de la propia vida un tiempo entregado con
amor, para que lo nuevo que queremos crear sea el tiempo de Dios, en el cual su
Reino pueda seguir haciéndose presente, cuidando a los enfermos, asistiendo a
los pobres, incluyendo a los marginados y compartiendo las alegrías y los
sufrimientos de la humanidad.
Querida Familia Hospitalaria, con
esta carta deseo recordar que este año se celebra el aniversario de la
proclamación de San Juan de Dios y de San Camilo de Lelis como santos
Patronos de los Hospitales y de los enfermos. El 27 de mayo de 1886, la Sagrada
Congregación de Ritos promulgó el Decreto Inter omnigenas virtutes, con
el cual reconocía el especial patronazgo; y el 22 de junio de 1886, el Papa León
XIII, con su suprema autoridad apostólica, reafirmó solemnemente la
proclamación mediante el Breve Dives in misericordia.
Han pasado ciento cuarenta años
desde aquel acontecimiento histórico, que queremos recordar no sólo para hacer
memoria de un hecho del pasado, sino para reavivar nuestra vida como personas
dedicadas a la Hospitalidad, conscientes de que sólo el Espíritu Santo puede
mantener constante la frescura y la autenticidad de los inicios carismáticos e
infundir el valor de la iniciativa y la creatividad para responder a los signos
de los tiempos.
Como cada año, aprovecho la ocasión
para informar a toda la Familia Hospitalaria acerca del resultado de la Campaña
2025 dedicada a la “Asistencia domiciliaria y apoyo a las personas que huyen de
la guerra en Drohobyč (Ucrania)”. Los esfuerzos de todas las Provincias de la
Orden, nos han permitido recaudar 307.212 euros; también unidos en la condena
del horror de la guerra —que lamentablemente continúa— y en la voluntad de
sostener a los hermanos, voluntarios y laicos que incansablemente han buscado y
siguen buscando dar esperanza a tantos que sufren física y psicológicamente.
Agradezco la generosidad y sensibilidad de todos.
Para este año 2026, la Campaña anual
de solidaridad estará destinada al continente americano, con un proyecto
orientado a “Mejorar el acceso y la calidad de la atención en salud mental en
Honduras”. Este proyecto se inserta plenamente en las Declaraciones del
sexenio, con las que he invitado a toda la Orden a “reforzar especialmente la
atención de la salud mental, sobre todo a nivel comunitario y a estar
preparados y disponibles para responder a las nuevas necesidades sanitarias y
sociales”.
Invocamos la intercesión de San Juan
de Dios y de nuestro Hermano mayor San Rafael Arcángel para que nos
ayuden a vivir con renovada fidelidad la misión que nos ha sido confiada como
Familia de San Juan de Dios.
Reciban todos mi cordial y fraterno
saludo; para que puedan vivir y celebrar la fiesta de San Juan de Dios como una
ocasión para reavivar el don de la Hospitalidad que gratuitamente hemos
recibido.
Hno. Pascal Ahodegnon, O.H.
Superior General
[1] Fr. José Luis MARTÍNEZ GIL, O.H., Proceso de beatificación de San
Juan de Dios, Madrid, BAC, 2006, cf. question 29, p. 21.