
“Os dejo la paz, os doy mi paz” (Jn 14,27)
A toda la Familia Hospitalaria de San Juan de
Dios

Muy queridos todos:
La celebración de la Santa Pascua nos devuelve al centro
del misterio de nuestra fe; más aún, nos invita a entrar en ella para hacernos
partícipes ya aquí y ahora de la resurrección del Señor, de su destino de
gloria. Para nosotros, Familia Hospitalaria de san Juan de Dios, celebrar la
Santa Pascua significa volver al corazón del carisma de Juan de Dios: un
carisma pascual que nos abre a la hospitalidad en su forma más auténtica,
renacer a una vida nueva.
Me gusta creer que todas las personas que entran en
nuestras Obras apostólicas o en nuestras comunidades, y que se acercan a
nosotros en busca de cuidado o de ayuda, puedan experimentar la bondad y la
belleza del carisma pascual que se nos ha dado: un carisma que se expresa en
las diversas tonalidades del amor de Dios por la humanidad.
En el día de Pascua la liturgia nos invita a cantar: Mors
et vita duello conflixere mirando: dux vitae mortuus, regnat vivus. Lucharon
vida y muerte en singular batalla, y muerto el que es la vida, triunfante se
levanta. El Señor Resucitado nos ha abierto las puertas de la vida eterna,
ha vencido el mal. Con su resurrección, el Señor ha inaugurado un tiempo nuevo
que ilumina nuestra vida de cristianos y ha abierto para nosotros el camino que
orienta nuestra existencia hacia la meta eterna. El Amor del Padre por la
humanidad ha resucitado a Cristo de entre los muertos, y es en el amor,
precisamente donde estamos llamados a caminar, porque sólo impulsados por el
amor verdadero lograremos recorrer caminos nuevos para una hospitalidad
renovada.
San Agustín hizo del amor el centro de su pensamiento. Él
expresa que es el amor el que pone en movimiento el alma, es el amor el que le
da fuerza y vida, conduciéndola hacia su “lugar natural”: Mi peso es mi
amor; por él soy llevado adondequiera que me lleva (Confesiones XIII, 9).
Estoy convencido que esta experiencia agustiniana es la
misma que llamó a la vida a Juan de Dios, quien pasó de la experiencia del
pecado al don de la gracia, convirtiéndose en un hombre nuevo y siendo
revestido con el don de la hospitalidad.
Queridísimos, como hijos y hermanos de Juan de Dios,
deseamos seguir las huellas dejadas por nuestro Santo, que nos indica el camino
seguro para renovar la hospitalidad a través de la escucha de la Palabra de
Dios, que siempre suscita pensamientos de vida nueva.
A este respecto, resulta iluminadora una reflexión del
Papa León XIV: “Lo que la Iglesia desea ardientemente es que la Palabra de Dios
pueda alcanzar a todos sus miembros y nutrir su camino de fe. Pero la Palabra
de Dios también empuja a la Iglesia más allá de sí misma, la abre continuamente
a la misión hacia todos. De hecho, vivimos rodeados de multitud de palabras;
sin embargo, ¡cuántas de ellas son palabras vacías! A veces escuchamos también
palabras sabias pero que no tocan nuestro destino último. En cambio, la Palabra
de Dios sacia nuestra sed de sentido y de verdad sobre nuestra vida. Es la
única Palabra siempre nueva: revelándonos el misterio de Dios es inexhaurible,
no cesa nunca de ofrecer sus riquezas” (Audiencia general, 11 de febrero de
2026).
Dios no deja nunca de ofrecernos sus riquezas, y entre
ellas no podemos ignorar lo que hoy nos está pidiendo, para que cada gesto de
hospitalidad no sea otra cosa que un anuncio del Evangelio, y que a cada
palabra de hospitalidad corresponda un gesto de amor que nos oriente hacia el
Reino de Dios. Nuestra tradición hospitalaria nos enseña que la hospitalidad
nunca se ha condensado en un concepto ni se ha solidificado en gestos
repetitivos, sino que siempre ha evolucionado, adaptándose a las necesidades de
los tiempos y de las personas, porque nuestra misión es anunciar el Reino de
Dios en medio de los pobres y de los enfermos.
Caminar hacia adelante significa dejar el sepulcro, dejar
ambientes seguros que hasta ayer parecían darnos estabilidad, pero que en
realidad, en muchos casos, se han convertido en sepulcros donde ya no hay vida,
donde no ha habido resurrección. Jesús resucitado nos llama a salir de nuestras
seguridades y a abrirnos a la escucha de su Palabra, que siempre crea algo
nuevo.
Queridísimos, estamos llamados a escuchar el espíritu del
Resucitado, a fundamentar nuestra vida en el acontecimiento de la resurrección;
Cristo ha resucitado y ha vuelto a la vida sin estruendo, sin gestos
llamativos, sino haciéndose presente a sus discípulos, acompañándolos en el
camino de Emaús y haciéndoles comprender las Escrituras. Creo que nuestra
misión debe asumir este estilo, donde nuestra presencia tenga más significado
para la vida de los pobres y de los enfermos, en lugar de ser como veletas que
hacen mucho ruido sin una contribución evangélica y social real. Nuestra misión
nos exige muchas energías, que gastamos con gusto, pero queremos que sean
manifestación de una vida auténticamente evangélica. Como escribía el Profeta: ¿Por
qué gastáis dinero en lo que no es pan, vuestro patrimonio en lo que no sacia?
(Is 55,2). Invirtamos nuestros recursos en el Reino de Dios; solo así podremos
tener la certeza de ser acompañados por el Resucitado que camina con nosotros
por los caminos de la Hospitalidad.
A todos, el deseo de una Santa Pascua, y que podáis
experimentar en vuestra vida la luz y la paz que el Resucitado dona a todos los
que lo acogen.
¡Santa Pascua 2026!
Hno. Pascal Ahodegnon, O.H.
Superior General