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lunedì 30 marzo 2026 -  Imposta home -  Aggiungi preferiti
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Pascua 2026
Carta Circular del Superior General


“Os dejo la paz, os doy mi paz” (Jn 14,27)

 

A toda la Familia Hospitalaria de San Juan de Dios

 

Muy queridos todos:

 

La celebración de la Santa Pascua nos devuelve al centro del misterio de nuestra fe; más aún, nos invita a entrar en ella para hacernos partícipes ya aquí y ahora de la resurrección del Señor, de su destino de gloria. Para nosotros, Familia Hospitalaria de san Juan de Dios, celebrar la Santa Pascua significa volver al corazón del carisma de Juan de Dios: un carisma pascual que nos abre a la hospitalidad en su forma más auténtica, renacer a una vida nueva.

Me gusta creer que todas las personas que entran en nuestras Obras apostólicas o en nuestras comunidades, y que se acercan a nosotros en busca de cuidado o de ayuda, puedan experimentar la bondad y la belleza del carisma pascual que se nos ha dado: un carisma que se expresa en las diversas tonalidades del amor de Dios por la humanidad.

En el día de Pascua la liturgia nos invita a cantar: Mors et vita duello conflixere mirando: dux vitae mortuus, regnat vivus. Lucharon vida y muerte en singular batalla, y muerto el que es la vida, triunfante se levanta. El Señor Resucitado nos ha abierto las puertas de la vida eterna, ha vencido el mal. Con su resurrección, el Señor ha inaugurado un tiempo nuevo que ilumina nuestra vida de cristianos y ha abierto para nosotros el camino que orienta nuestra existencia hacia la meta eterna. El Amor del Padre por la humanidad ha resucitado a Cristo de entre los muertos, y es en el amor, precisamente donde estamos llamados a caminar, porque sólo impulsados por el amor verdadero lograremos recorrer caminos nuevos para una hospitalidad renovada.

San Agustín hizo del amor el centro de su pensamiento. Él expresa que es el amor el que pone en movimiento el alma, es el amor el que le da fuerza y vida, conduciéndola hacia su “lugar natural”: Mi peso es mi amor; por él soy llevado adondequiera que me lleva (Confesiones XIII, 9).

Estoy convencido que esta experiencia agustiniana es la misma que llamó a la vida a Juan de Dios, quien pasó de la experiencia del pecado al don de la gracia, convirtiéndose en un hombre nuevo y siendo revestido con el don de la hospitalidad.

Queridísimos, como hijos y hermanos de Juan de Dios, deseamos seguir las huellas dejadas por nuestro Santo, que nos indica el camino seguro para renovar la hospitalidad a través de la escucha de la Palabra de Dios, que siempre suscita pensamientos de vida nueva.

A este respecto, resulta iluminadora una reflexión del Papa León XIV: “Lo que la Iglesia desea ardientemente es que la Palabra de Dios pueda alcanzar a todos sus miembros y nutrir su camino de fe. Pero la Palabra de Dios también empuja a la Iglesia más allá de sí misma, la abre continuamente a la misión hacia todos. De hecho, vivimos rodeados de multitud de palabras; sin embargo, ¡cuántas de ellas son palabras vacías! A veces escuchamos también palabras sabias pero que no tocan nuestro destino último. En cambio, la Palabra de Dios sacia nuestra sed de sentido y de verdad sobre nuestra vida. Es la única Palabra siempre nueva: revelándonos el misterio de Dios es inexhaurible, no cesa nunca de ofrecer sus riquezas” (Audiencia general, 11 de febrero de 2026).

Dios no deja nunca de ofrecernos sus riquezas, y entre ellas no podemos ignorar lo que hoy nos está pidiendo, para que cada gesto de hospitalidad no sea otra cosa que un anuncio del Evangelio, y que a cada palabra de hospitalidad corresponda un gesto de amor que nos oriente hacia el Reino de Dios. Nuestra tradición hospitalaria nos enseña que la hospitalidad nunca se ha condensado en un concepto ni se ha solidificado en gestos repetitivos, sino que siempre ha evolucionado, adaptándose a las necesidades de los tiempos y de las personas, porque nuestra misión es anunciar el Reino de Dios en medio de los pobres y de los enfermos.

Caminar hacia adelante significa dejar el sepulcro, dejar ambientes seguros que hasta ayer parecían darnos estabilidad, pero que en realidad, en muchos casos, se han convertido en sepulcros donde ya no hay vida, donde no ha habido resurrección. Jesús resucitado nos llama a salir de nuestras seguridades y a abrirnos a la escucha de su Palabra, que siempre crea algo nuevo.

Queridísimos, estamos llamados a escuchar el espíritu del Resucitado, a fundamentar nuestra vida en el acontecimiento de la resurrección; Cristo ha resucitado y ha vuelto a la vida sin estruendo, sin gestos llamativos, sino haciéndose presente a sus discípulos, acompañándolos en el camino de Emaús y haciéndoles comprender las Escrituras. Creo que nuestra misión debe asumir este estilo, donde nuestra presencia tenga más significado para la vida de los pobres y de los enfermos, en lugar de ser como veletas que hacen mucho ruido sin una contribución evangélica y social real. Nuestra misión nos exige muchas energías, que gastamos con gusto, pero queremos que sean manifestación de una vida auténticamente evangélica. Como escribía el Profeta: ¿Por qué gastáis dinero en lo que no es pan, vuestro patrimonio en lo que no sacia? (Is 55,2). Invirtamos nuestros recursos en el Reino de Dios; solo así podremos tener la certeza de ser acompañados por el Resucitado que camina con nosotros por los caminos de la Hospitalidad.

A todos, el deseo de una Santa Pascua, y que podáis experimentar en vuestra vida la luz y la paz que el Resucitado dona a todos los que lo acogen.

 

¡Santa Pascua 2026!

 

Hno. Pascal Ahodegnon, O.H.

Superior General

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