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Eustachius Kugler: la humildad, el camino seguro hacia una renovada tradición de hospitalidad imperecedera
80 años de su fallecimiento 1946 - 2026


Eustachius Kugler, el sexto hijo de los esposos Michele —de oficio herrero— y Anna Maria Schuster, nació el 15 de enero de 1867 en Neuhaus, una minúscula aldea en Nittenau, de la provincia y diócesis de Ratisbona, en Alemania. Fue bautizado ese mismo día, con el nombre de Giuseppe. Desde su tierna edad demostró una inclinación poco común por la devoción religiosa y las virtudes cristianas, a la vez que una inteligencia viva y un carácter abierto, alegre y generoso. Era sencillo, inocente y cándido. Tuvo una infancia dura y difícil.

Tras haber completado con éxito la enseñanza primaria en Nittenau, le enviaron a Múnich para aprender el arte de trabajar el hierro. Un compañero de trabajo vil y pendenciero le propinó un violento golpe haciéndole caer de un andamio. Como consecuencia de la caída quedó gravemente herido en una pierna y ligeramente cojo para toda la vida. En enero de 1893, a la edad de 26 años, ingresó en la Orden Hospitalaria de san Juan de Dios. El 20 de octubre de 1894 recibió el hábito de los novicios, el 21 de octubre de 1895 hizo sus votos simples y el 30 de octubre de 1898 los solemnes. Todos le estimaban y admiraban por sus peculiares dotes de prudencia, capacidad y diligencia; durante 20 años fue Superior en varios hospitales de la Orden en Baviera y durante 21 años Provincial de la Provincia de Baviera, hasta su muerte el 10 de junio de 1946. Fue beatificado en Ratisbona el 4 de octubre de 2009.

 

1.               La fuente de su apostolado

La espiritualidad del beato Eustachius Kugler encuentra su origen en una familia cristiana y fervientemente católica. Su infancia fue dura y difícil, pero llena de sencillez y de genuina inocencia. La fe profunda que vivió en su familia y asimiló de sus padres hizo de él un hombre fuerte, decidido y determinado. Una vida transcurrida a la sombra de la pobreza alegre y bendita[1], convirtió a este muchacho en el hermano perspicaz, valiente y profético. La sencillez y la sobriedad fueron dos características que lo acompañaron toda su vida.  La fuente dominante de su apostolado siempre fue el anhelo de santidad. Conoció el sufrimiento desde muy joven, y esto lo orientó a vivir su espiritualidad inspirándose en la Pasión del Señor, el Sagrado Corazón de Jesús, la Virgen María y la Eucaristía. La humildad era su virtud dominante. Creía firmemente que Dios resiste a los soberbios, mientras que concede su gracia a los humildes. Se había propuesto imitar a Jesús, su modelo, que dice: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón»[2].

La invitación del Señor es sorprendente: llama para que le sigan a personas sencillas y sobrecargadas por una vida difícil, llama para que le sigan a personas que tienen tantas necesidades y les promete que en Él encontrarán descanso y alivio. La invitación está dirigida de manera imperativa: «venid a mí», «tomad mi yugo», «aprended de mí»[3].

 

El beato Eustaquio hace suya la invitación de Jesús de vivir en humildad y mansedumbre su vida, con una mirada de ternura hace los que sufren, los pequeños, los pobres y los necesitados.

El Hno. Eustaquio inició su vida marcado por la prueba, la pobreza y el sufrimiento[4]; estas experiencias dolorosas afinaron su sensibilidad y lo prepararon para llegar a ser un día un verdadero hijo de san Juan de Dios. El fundamento de su apostolado siempre fue el deseo de servir a los enfermos y a las personas que sufren, un deseo alimentado por una gran fe y una profunda piedad; siempre estaba dispuesto al sacrificio.

Durante el periodo que transcurrió en el hospital después de su caída del andamio, se iba manifestando su religiosidad y su bondad. Su humildad, que vivió hasta el heroísmo, plasmó su humanidad: era sensible y abierto al prójimo, y se convirtió en signo tangible y creíble del amor misericordioso, como afirman nuestras Constituciones:

 

«Con nuestra donación libre y total a Dios,

aceptamos ser enviados al mundo como signos de su amor misericordioso.

La sencillez de nuestra vida anuncia que el mundo no puede ser transformado sin el espíritu de las bienaventuranzas.

Somos testigos de que Cristo es el Señor de la historia;[5]

proclamamos la grandeza del amor de Dios y mostramos a los hombres

que Él sigue preocupándose de su vida y de sus necesidades»[6].  

 

            El beato Eustaquio, con su espiritualidad profunda y auténtica construyó toda su vida hospitalaria al servicio de los enfermos, como hermano primero y como Superior local y Provincial después. Su profunda espiritualidad le permitió abrir los ojos ante el mundo del sufrimiento, y verlo como lo ve Dios. Alimentaba continuamente su espiritualidad hospitalaria, humanizando cada vez más sus acciones, teniendo presente las palabras de Jesús: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis».[7]

Había plasmado toda su existencia con una espiritualidad viva y concreta, imitando a su fundador san Juan de Dios:

 

·                 Se le veía constantemente absorto en oración.

·                 Su continua relación con Dios era la fuente de su fuerza física y espiritual.

·                 Oraba intensamente, encomendando todos sus proyectos a Dios y a la Virgen María.

·                 En el convento desempeñaba con humildad el servicio de herrero, a la vez que hacía todos los trabajos necesarios para el hospital.

·                 La oración del Rosario era su «arma» para superar cualquier dificultad.

·                 Confianza desmesurada en la Divina Providencia[8].

·                 Profundo sentido de la justicia.

·                 Atendía a los enfermos con un cuidado extraordinario.

·                 Humildad en todos los cargos que ocupó[9].

·                 Trabajó para curar el cuerpo de los enfermos y por su conversión.

·                 Atendía principalmente a los enfermos más pobres y abandonados[10].

 

 

            Su vida alimentada por la oración e iluminada por la Palabra de Dios y la Eucaristía, hicieron de él un hombre de profunda humanidad, abierto al diálogo, a la acogida, atento a los más frágiles y vulnerables de su tiempo. Supo despojarse de lo que no era esencial para dar espacio a las relaciones con los enfermos, los hermanos y los colaboradores.

 

            El camino de fe que comenzó en la infancia, y que alimentó y cuidó toda su vida como laico primero y hermano después, le permitió comprender y vivir su profunda humanidad como condición indispensable para un testimonio creíble del Evangelio.

 

 

2.               Su estilo apostólico  

 

No hay Evangelio sin humanidad. La primera experiencia de Dios solo la podemos hacer en la realidad de la Encarnación. El beato Eustaquio, sensible a las necesidades de los enfermos y de las personas que encontraba, ve en ellos la presencia de Dios que se acerca a su humanidad.

Sus hermanos decían de él que era la bondad personificada[11]

            El modo habitual, modesto y admirable en que traducía su caridad hacia el prójimo en cada hora del día era su bondad, la amabilidad, la afabilidad —cordial, generosa, constante, siempre igual a sí misma— que usaba en el trato, en la conversación, en la correspondencia epistolar con todos: internos y externos, pequeños y mayores, pobres o ricos, ignorantes o doctos, hermanos o colaboradores.

Durante los ejercicios espirituales de 1895 escribía: «¿Quieres saber cómo será un día tu dicha en el cielo? Pregúntate cómo es tu amor fraterno»[12].

 

            Fiel a la imitación de Jesús, su Maestro de vida, el cual «no ha venido a ser servido, sino a servir»[13] en su larga vida religiosa se hizo siervo de todos. Cada vez que el Hno. Eustaquio, a pesar de ser el Superior Provincial, tenía el turno de servicio nocturno a los enfermos, se sabía de antemano que estos iban a ser atendidos muy muy bien. En su apostolado diario era un modelo para todos los hermanos: se ocupaba del cuidado integral del enfermo, preocupándose de que recibiera toda clase de atención material y espiritual.

Su humildad y sencillez eran las virtudes que lo hacían adorable a los ojos de las personas atendidas y de los hermanos. Con su sencillez y serenidad de ánimo, unidas a la amabilidad y franqueza en las maneras, su forma de hablar paternal, comprensiva y delicadamente alegre, atraía la estima, el afecto y la confianza de quienes se acercaban a él. El Hno. Bernardo Schelle escribe: «La afectuosa simpatía que demostraba para con todos, unida a su humildad real, no fingida, desarmaba a las almas más duras, los objetivos más ambiciosos y los corazones más rebeldes». De este modo, confirmaba una vez más las palabras de Jesús: «Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra»[14] o sea, los corazones de sus semejantes.

Entre sus exhortaciones, se recuerda una frase que se hizo famosa: «Cuidar con amor y dirigir sin orgullo»[15]

Utilizaba fórmulas amables con los enfermos y las personas con las que se encontraba; palabras, las suyas, que le sugería su sensibilidad y delicadeza de ánimo.

Las fórmulas que solía utilizar eran:

«Perdóneme si le molesto con un nuevo traslado…».

«Con todo, querría exhortar a ...”.

«Querría llamar la atención…».

«Permítame, sin embargo, ...».

«Le agradecería que…».

«Os ruego, queridos hermanos…».

Y a la virtud de la humildad exhortaba discretamente, cada vez que se presentaba una buena ocasión. De palabra y por escrito les decía: «Sed humildes y permaneced humildes: así agradaréis a Dios».[16]

 

            Cuando pasaba por las habitaciones de los enfermos, siempre decía las más bellas palabras de aliento, pronunciándolas a cada uno de manera cariñosa y afable.

Su humildad fue puesta a prueba cuando durante su provincialato inauguró el hospital de Ratisbona, construido por voluntad suya con esfuerzo y sacrificio, pese a los numerosos opositores. En el día de la inauguración solemne, el 19 de junio de 1929, muchos fueron elogiados públicamente y se les reconoció su esfuerzo y todo el trabajo hecho, mientras que se olvidaron del Padre Provincial, de cuya boca no salió ni una sola palabra de resentimiento ni de amargura.

            Su estilo apostólico encuentra su expresión concreta en su paternidad y maternidad respecto de los pobres y los enfermos. Tenía interiorizado tan profundamente el carisma de san Juan de Dios, que hizo de este un estilo de vida, y vivió con empeño los cuatro votos a los que se había comprometido con la profesión religiosa.

Sensible de ánimo y abierto a la gracia, hacía del servicio hospitalario la manifestación de su amor a Jesús. Sus enfermos preferidos eran: los epilépticos, los más inquietos, las personas con discapacidad grave y todos aquellos que eran marginados porque era difícil atenderles; decía que estos eran los preferidos del Señor. 

            El Hno. Eustaquio, con su sencillez y humildad, no vivía ajeno al mundo. Al poner en práctica el voto de hospitalidad y la misión propia de los Hermanos de san Juan de Dios, en la dirección y la administración de sus Institutos asistenciales, siempre se dejó guiar por el estricto cumplimiento de lo dispuesto en las Constituciones y por la actualización de la Palabra de Dios, uniendo progreso y caridad. El beato Eustaquio, fue un hombre moderno y amante del progreso: en el campo asistencial, científico y de la construcción. Durante sus 21 años como Provincial aportó progreso y modernidad, según las exigencias de la ciencia y la técnica, fundando otros dos modernos hospitales en Ratisbona: es la prodigiosa fecundidad de la humildad del beato Eustaquio, injertada en la caridad de Cristo y en el progreso de la ciencia.

Durante su provincialato también tuvo que afrontar el triste periodo del nacionalsocialismo, con el que tuvo que lidiar en diversas circunstancias. Desde el inicio el Hno. Eustaquio percibió las semillas destructoras y las consecuencias catastróficas que contenía aquella peligrosa ideología. Exhortando y alentando a sus hermanos decía: «El Señor no dejará crecer este árbol hasta el cielo».  Los tiempos de la guerra fueron tiempos difíciles; defendió a sus enfermos con sufrimiento, pero con igual determinación, especialmente a los más frágiles y a aquellos expuestos a mayores riesgos, que vivían cada día bajo la amenaza de las leyes raciales. El Carisma de la Hospitalidad, que el Hno. Eustaquio vivía con fe y confianza en el Señor, le permitió superar todas las dificultades del tiempo, abriendo nuevas vías de hospitalidad para responder adecuadamente a las necesidades de los numerosos enfermos y pobres que dejó la guerra.

El 10 de junio, su estado de salud se agravó y, a las 16:30 horas del lunes de Pentecostés de 1946, entregó su alma a Dios. El hermano Eustachio tenía 79 años y llevaba 50 de profesión religiosa. Se durmió en el Señor de forma silenciosa y serena, tal y como había vivido siempre.

En su mesita de noche guardaba una hojita en la que había escrito de su puño y letra los siete dones del Espíritu Santo, y otras hojitas con prácticas piadosas para rezar la novena de Pentecostés y prepararse para la muerte.

            «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para mirar por él?» (Sal 8,5) Es una pregunta llena de asombro y expectativa. Es una pregunta llena de esa sensibilidad intencional que llena de ternura el corazón. El Salmo 8 es la celebración de la grandeza y la belleza del hombre, que solo puede comprenderse en relación con la inmensa grandeza y misericordia de Dios. El Hno. Eustaquio, con su humildad, fue capaz de percibir esta presencia divina en el hombre y ponerse a su servicio como medio para permanecer siempre unido a Dios.

La colecta litúrgica expresa muy bien la grandeza de esta figura, resaltando las grandes virtudes de la humildad y la caridad, que hicieron de él un gigante de la hospitalidad, con estas palabras:

 

Oh Dios, fortaleza de quien confía en ti,

que has otorgado al beato Eustaquio (Kugler)

la gracia de vivir con gran humildad entre sus hermanos

y de servir con caridad singular a los enfermos,

concédenos, por su intercesión,

ánimo seguro para confiar plenamente en ti,

y para servir con incansable caridad

a quienes se hallan en el sufrimiento y en la indigencia.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que             

vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios,

por los siglos de los siglos. Amén.



[1] G. Russotto, Eustachio Kugler, Ed. Ufficio Formazione e Studi Fatebenefratelli, Roma, 1961, pág. 12.

[2] Mt 11, 28-30.

[3] Papa Francisco, Audiencia general, miércoles 14 de septiembre de 2016.

[4] En el proceso de canonización, un testigo cuenta que el Hno. Eustaquio tenía 15 años cuando trabajaba como aprendiz de albañil. Durante el trabajo a menudo sufría un verdadero calvario ya que recibía ofensas y, con frecuencia, incluso golpes inmerecidos; le explotaban abusando de su bondad.

[5] Cfr. Fil 2,11.

[6] Constituciones de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, Ed. Fatebenefratelli, 2019, núm. 8.

[7] Mt 25,40.

[8] Su lema era: «Dios pensará en todo». De la Positio Vol. 1, pág. 51.

[9] En los testimonios que se recogieron para la Causa de Canonización, se refiere que cuando era Superior pidió disculpas a los hermanos por un presunto enfado, aunque era él el ofendido. Positio, Vol. 1, pág. 52.

[10] Pedía a sus hermanos que cuidaran de los enfermos graves, los solitarios y los pobres; decía: «porque si un alto dignatario o un Obispo es hospitalizado, no hace falta correr tanto, ya que muchas otras personas cuidan de ellos en todos los aspectos».

[11] G. Russotto, Eustachio Kugler, Ed. Ufficio Formazione e Studi Fatebenefratelli, Roma, 1961, pág. 78  ---  El Hno. Valeriano Schönmann en su testimonio refiere que el Hno. Eustaquio era la bondad en persona; en las cuestiones más difíciles, en él se encontraban buen consejo, ayuda y consolación». 

[12] G. Russotto, Eustachio Kugler, Ed. Ufficio Formazione e Studi Fatebenefratelli, Roma, 1961, pág. 79.

[13] Mc 10,45.

[14] Mt 5,4.

[15] G. Russotto, Eustachio Kugler, Ed. Ufficio Formazione e Studi Fatebenefratelli, pág. 145.

[16] Carta circular del Hno. Eustaquio Kugler del 20 de junio de 1930. 
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