
Eustachius
Kugler, el sexto hijo de los esposos Michele —de oficio herrero— y Anna Maria
Schuster, nació el 15 de enero de 1867 en Neuhaus, una minúscula aldea en
Nittenau, de la provincia y diócesis de Ratisbona, en Alemania. Fue bautizado
ese mismo día, con el nombre de Giuseppe. Desde su tierna edad demostró una
inclinación poco común por la devoción religiosa y las virtudes cristianas, a
la vez que una inteligencia viva y un carácter abierto, alegre y generoso. Era
sencillo, inocente y cándido. Tuvo una infancia dura y difícil.
Tras haber
completado con éxito la enseñanza primaria en Nittenau, le enviaron a Múnich
para aprender el arte de trabajar el hierro. Un compañero de trabajo vil y
pendenciero le propinó un violento golpe haciéndole caer de un andamio. Como
consecuencia de la caída quedó gravemente herido en una pierna y ligeramente
cojo para toda la vida. En enero de 1893, a la edad de 26 años, ingresó en la
Orden Hospitalaria de san Juan de Dios. El 20 de octubre de 1894 recibió el
hábito de los novicios, el 21 de octubre de 1895 hizo sus votos simples y el 30
de octubre de 1898 los solemnes. Todos le estimaban y admiraban por sus
peculiares dotes de prudencia, capacidad y diligencia; durante 20 años fue
Superior en varios hospitales de la Orden en Baviera y durante 21 años
Provincial de la Provincia de Baviera, hasta su muerte el 10 de junio de 1946.
Fue beatificado en Ratisbona el 4 de octubre de 2009.
1.
La fuente de
su apostolado
La
espiritualidad del beato Eustachius Kugler encuentra su origen en una familia
cristiana y fervientemente católica. Su infancia fue dura y difícil, pero llena
de sencillez y de genuina inocencia. La fe profunda que vivió en su familia y
asimiló de sus padres hizo de él un hombre fuerte, decidido y determinado. Una
vida transcurrida a la sombra de la pobreza alegre y bendita[1],
convirtió a este muchacho en el hermano perspicaz, valiente y profético. La
sencillez y la sobriedad fueron dos características que lo acompañaron toda su
vida. La fuente dominante de su
apostolado siempre fue el anhelo de santidad. Conoció el sufrimiento desde muy
joven, y esto lo orientó a vivir su espiritualidad inspirándose en la Pasión
del Señor, el Sagrado Corazón de Jesús, la Virgen María y la Eucaristía. La
humildad era su virtud dominante. Creía firmemente que Dios resiste a los soberbios,
mientras que concede su gracia a los humildes. Se había propuesto imitar a
Jesús, su modelo, que dice: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón»[2].
La
invitación del Señor es sorprendente: llama para que le sigan a personas
sencillas y sobrecargadas por una vida difícil, llama para que le sigan a
personas que tienen tantas necesidades y les promete que en Él encontrarán
descanso y alivio. La invitación está dirigida de manera imperativa: «venid a
mí», «tomad mi yugo», «aprended de mí»[3].
El beato Eustaquio hace suya la invitación de Jesús de vivir
en humildad y mansedumbre su vida, con una mirada de ternura hace los que
sufren, los pequeños, los pobres y los necesitados.
El
Hno. Eustaquio inició su vida marcado por la prueba, la pobreza y el
sufrimiento[4];
estas experiencias dolorosas afinaron su sensibilidad y lo prepararon para
llegar a ser un día un verdadero hijo de san Juan de Dios. El fundamento de su
apostolado siempre fue el deseo de servir a los enfermos y a las personas que
sufren, un deseo alimentado por una gran fe y una profunda piedad; siempre
estaba dispuesto al sacrificio.
Durante
el periodo que transcurrió en el hospital después de su caída del andamio, se
iba manifestando su religiosidad y su bondad. Su humildad, que vivió hasta el
heroísmo, plasmó su humanidad: era sensible y abierto al prójimo, y se
convirtió en signo tangible y creíble del amor misericordioso, como afirman
nuestras Constituciones:
«Con nuestra donación libre y total a Dios,
aceptamos ser enviados al mundo como signos de su
amor misericordioso.
La sencillez de nuestra vida anuncia que el mundo
no puede ser transformado sin el espíritu de las bienaventuranzas.
Somos testigos de que Cristo es el Señor de la
historia;[5]
proclamamos la grandeza del amor de Dios y
mostramos a los hombres
que Él sigue preocupándose de su vida y de sus
necesidades»[6].
El beato Eustaquio, con su
espiritualidad profunda y auténtica construyó toda su vida hospitalaria al
servicio de los enfermos, como hermano primero y como Superior local y Provincial
después. Su profunda espiritualidad le permitió abrir los ojos ante el mundo
del sufrimiento, y verlo como lo ve Dios. Alimentaba continuamente su espiritualidad
hospitalaria, humanizando cada vez más sus acciones, teniendo presente las
palabras de Jesús: «Cada vez que lo
hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo
hicisteis».[7]
Había plasmado toda su existencia con una espiritualidad viva
y concreta, imitando a su fundador san Juan de Dios:
·
Se le veía constantemente absorto en
oración.
·
Su continua relación con Dios era la
fuente de su fuerza física y espiritual.
·
Oraba intensamente, encomendando
todos sus proyectos a Dios y a la Virgen María.
·
En el convento desempeñaba con humildad el servicio de herrero, a
la vez que hacía todos los trabajos necesarios para el hospital.
·
La oración del Rosario era su «arma» para superar cualquier
dificultad.
·
Confianza desmesurada en la Divina Providencia[8].
·
Profundo sentido de la justicia.
·
Atendía a los enfermos con un cuidado extraordinario.
·
Humildad en todos los cargos que ocupó[9].
·
Trabajó para curar el cuerpo de los enfermos y por su conversión.
·
Atendía principalmente a los enfermos más pobres y abandonados[10].
Su
vida alimentada por la oración e iluminada por la Palabra de Dios y la
Eucaristía, hicieron de él un hombre de profunda humanidad, abierto al diálogo,
a la acogida, atento a los más frágiles y vulnerables de su tiempo. Supo
despojarse de lo que no era esencial para dar espacio a las relaciones con los
enfermos, los hermanos y los colaboradores.
El
camino de fe que comenzó en la infancia, y que alimentó y cuidó toda su vida
como laico primero y hermano después, le permitió comprender y vivir su
profunda humanidad como condición indispensable para un testimonio creíble del
Evangelio.
2.
Su estilo
apostólico
No hay Evangelio sin humanidad. La
primera experiencia de Dios solo la podemos hacer en la realidad de la
Encarnación. El beato Eustaquio, sensible a las necesidades de los enfermos y
de las personas que encontraba, ve en ellos la presencia de Dios que se acerca
a su humanidad.
Sus hermanos decían de él que era
la bondad personificada[11].
El
modo habitual, modesto y admirable en que traducía su caridad hacia el prójimo
en cada hora del día era su bondad, la amabilidad, la afabilidad —cordial,
generosa, constante, siempre igual a sí misma— que usaba en el trato, en la
conversación, en la correspondencia epistolar con todos: internos y externos, pequeños
y mayores, pobres o ricos, ignorantes o doctos, hermanos o colaboradores.
Durante los ejercicios
espirituales de 1895 escribía: «¿Quieres
saber cómo será un día tu dicha en el cielo? Pregúntate cómo es tu amor
fraterno»[12].
Fiel a la
imitación de Jesús, su Maestro de vida, el cual «no ha venido a ser servido,
sino a servir»[13] en
su larga vida religiosa se hizo siervo de todos. Cada vez que el Hno.
Eustaquio, a pesar de ser el Superior Provincial, tenía el turno de servicio
nocturno a los enfermos, se sabía de antemano que estos iban a ser atendidos
muy muy bien. En su apostolado diario era un modelo para todos los hermanos: se
ocupaba del cuidado integral del enfermo, preocupándose de que recibiera toda
clase de atención material y espiritual.
Su humildad y sencillez eran las
virtudes que lo hacían adorable a los ojos de las personas atendidas y de los
hermanos. Con su sencillez y serenidad de ánimo, unidas a la amabilidad y
franqueza en las maneras, su forma de hablar paternal, comprensiva y delicadamente
alegre, atraía la estima, el afecto y la confianza de quienes se acercaban a
él. El Hno. Bernardo Schelle escribe: «La afectuosa simpatía que demostraba para con todos, unida a su humildad real,
no fingida, desarmaba a las almas más duras, los objetivos más ambiciosos y los
corazones más rebeldes». De este modo, confirmaba una vez más las palabras
de Jesús: «Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra»[14]
o sea, los corazones de sus semejantes.
Entre sus exhortaciones, se
recuerda una frase que se hizo famosa: «Cuidar con amor y dirigir sin orgullo»[15].
Utilizaba fórmulas amables con los
enfermos y las personas con las que se encontraba; palabras, las suyas, que le
sugería su sensibilidad y delicadeza de ánimo.
Las fórmulas que solía utilizar
eran:
«Perdóneme si le molesto con un
nuevo traslado…».
«Con todo, querría exhortar a ...”.
«Querría llamar la atención…».
«Permítame, sin embargo, ...».
«Le agradecería que…».
«Os ruego, queridos hermanos…».
Y a la virtud de la humildad
exhortaba discretamente, cada vez que se presentaba una buena ocasión. De
palabra y por escrito les decía: «Sed humildes y permaneced humildes: así
agradaréis a Dios».[16]
Cuando
pasaba por las habitaciones de los enfermos, siempre decía las más bellas
palabras de aliento, pronunciándolas a cada uno de manera cariñosa y afable.
Su humildad fue puesta a prueba
cuando durante su provincialato inauguró el hospital de Ratisbona, construido
por voluntad suya con esfuerzo y sacrificio, pese a los numerosos opositores.
En el día de la inauguración solemne, el 19 de junio de 1929, muchos fueron
elogiados públicamente y se les reconoció su esfuerzo y todo el trabajo hecho,
mientras que se olvidaron del Padre Provincial, de cuya boca no salió ni una
sola palabra de resentimiento ni de amargura.
Su
estilo apostólico encuentra su expresión concreta en su paternidad y maternidad
respecto de los pobres y los enfermos. Tenía interiorizado tan profundamente el
carisma de san Juan de Dios, que hizo de este un estilo de vida, y vivió con
empeño los cuatro votos a los que se había comprometido con la profesión
religiosa.
Sensible de ánimo y abierto a la
gracia, hacía del servicio hospitalario la manifestación de su amor a Jesús.
Sus enfermos preferidos eran: los epilépticos, los más inquietos, las personas
con discapacidad grave y todos aquellos que eran marginados porque era difícil
atenderles; decía que estos eran los preferidos del Señor.
El
Hno. Eustaquio, con su sencillez y humildad, no vivía ajeno al mundo. Al poner
en práctica el voto de hospitalidad y la misión propia de los Hermanos de san
Juan de Dios, en la dirección y la administración de sus Institutos
asistenciales, siempre se dejó guiar por el estricto cumplimiento de lo
dispuesto en las Constituciones y por la actualización de la Palabra de Dios,
uniendo progreso y caridad. El beato Eustaquio, fue un hombre moderno y amante
del progreso: en el campo asistencial, científico y de la construcción. Durante
sus 21 años como Provincial aportó progreso y modernidad, según las exigencias
de la ciencia y la técnica, fundando otros dos modernos hospitales en
Ratisbona: es la prodigiosa fecundidad de la humildad del beato Eustaquio,
injertada en la caridad de Cristo y en el progreso de la ciencia.
Durante su provincialato también
tuvo que afrontar el triste periodo del nacionalsocialismo, con el que tuvo que
lidiar en diversas circunstancias. Desde el inicio el Hno. Eustaquio percibió
las semillas destructoras y las consecuencias catastróficas que contenía
aquella peligrosa ideología. Exhortando y alentando a sus hermanos decía: «El
Señor no dejará crecer este árbol hasta el cielo». Los tiempos de la guerra fueron tiempos
difíciles; defendió a sus enfermos con sufrimiento, pero con igual determinación,
especialmente a los más frágiles y a aquellos expuestos a mayores riesgos, que
vivían cada día bajo la amenaza de las leyes raciales. El Carisma de la
Hospitalidad, que el Hno. Eustaquio vivía con fe y confianza en el Señor, le
permitió superar todas las dificultades del tiempo, abriendo nuevas vías de
hospitalidad para responder adecuadamente a las necesidades de los numerosos
enfermos y pobres que dejó la guerra.
El 10 de junio, su estado de salud
se agravó y, a las 16:30 horas del lunes de Pentecostés de 1946, entregó su
alma a Dios. El hermano Eustachio tenía 79 años y llevaba 50 de profesión
religiosa. Se durmió en el Señor de forma silenciosa y serena, tal y como había
vivido siempre.
En su mesita de noche guardaba una
hojita en la que había escrito de su puño y letra los siete dones del Espíritu
Santo, y otras hojitas con prácticas piadosas para rezar la novena de
Pentecostés y prepararse para la muerte.
«¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para mirar por él?» (Sal 8,5) Es una pregunta llena de asombro y expectativa. Es una pregunta llena de esa sensibilidad intencional que llena de ternura el corazón. El Salmo 8 es la celebración de la grandeza y la belleza del hombre, que solo puede comprenderse en relación con la inmensa grandeza y misericordia de Dios. El Hno. Eustaquio, con su humildad, fue capaz de percibir esta presencia divina en el hombre y ponerse a su servicio como medio para permanecer siempre unido a Dios.
La colecta litúrgica expresa muy bien la grandeza de esta figura, resaltando las grandes virtudes de la humildad y la caridad, que hicieron de él un gigante de la hospitalidad, con estas palabras:
Oh
Dios, fortaleza de quien confía en ti,
que has otorgado al beato Eustaquio (Kugler)
la gracia de vivir con gran humildad entre sus hermanos
y de servir con caridad singular a los enfermos,
concédenos, por su intercesión,
ánimo seguro para confiar plenamente en ti,
y para servir con incansable caridad
a quienes se hallan en el sufrimiento y en la indigencia.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que
vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios,
por los siglos de los siglos. Amén.
[1] G. Russotto, Eustachio
Kugler, Ed. Ufficio Formazione e Studi Fatebenefratelli, Roma, 1961, pág.
12.
[2] Mt 11, 28-30.
[3] Papa Francisco, Audiencia
general, miércoles 14 de septiembre de 2016.
[4] En el proceso de canonización, un testigo cuenta que el Hno. Eustaquio
tenía 15 años cuando trabajaba como aprendiz de albañil. Durante el trabajo a
menudo sufría un verdadero calvario ya que recibía ofensas y, con frecuencia,
incluso golpes inmerecidos; le explotaban abusando de su bondad.
[5] Cfr. Fil 2,11.
[6] Constituciones de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, Ed.
Fatebenefratelli, 2019, núm. 8.
[7] Mt 25,40.
[8] Su lema era: «Dios pensará en todo». De la Positio Vol. 1, pág. 51.
[9] En los testimonios que se recogieron para la Causa de Canonización, se
refiere que cuando era Superior pidió disculpas a los hermanos por un presunto
enfado, aunque era él el ofendido. Positio, Vol. 1, pág. 52.
[10]
Pedía a sus hermanos que cuidaran de los enfermos graves, los solitarios y los
pobres; decía: «porque si un alto dignatario o un Obispo es hospitalizado, no
hace falta correr tanto, ya que muchas otras personas cuidan de ellos en todos
los aspectos».
[11] G. Russotto, Eustachio
Kugler, Ed. Ufficio Formazione e Studi Fatebenefratelli, Roma, 1961, pág. 78 --- El Hno. Valeriano
Schönmann en su testimonio refiere que el Hno. Eustaquio era la bondad en
persona; en las cuestiones más difíciles, en él se encontraban buen consejo,
ayuda y consolación».
[12] G. Russotto, Eustachio Kugler, Ed. Ufficio Formazione
e Studi Fatebenefratelli, Roma, 1961, pág. 79.
[13] Mc 10,45.
[14] Mt 5,4.
[15] G. Russotto, Eustachio
Kugler, Ed. Ufficio Formazione e Studi Fatebenefratelli, pág. 145.