El Amor a Cristo testimoniado con el Martirio permanece para siempre

España 1936-2026


Han pasado noventa años desde una de las persecuciones anticlericales más violentas de la historia moderna: la que se desencadenó en España a partir de 1931, con la expulsión de las órdenes religiosas, la laicización de la enseñanza y los primeros asaltos a iglesias y conventos.

Con la Guerra Civil española (1936-1939), el odio contra la Iglesia estalló con toda su fuerza: iglesias incendiadas, imágenes sagradas profanadas, sacerdotes, religiosos y fieles laicos asesinados por el simple hecho de llevar una cruz o vivir según el Evangelio. Fueron masacradas más de siete mil personas entre obispos, sacerdotes y religiosos; cientos de iglesias fueron destruidas; incluso hubo niños ejecutados por haber ido a misa. No fueron bajas de guerra, sino asesinatos cometidos por odio a la fe, tal como había anunciado Jesús: «Seréis odiados por todos a causa de mi nombre. Pero el que persevere hasta el fin se salvará» (Mc 13,13).

Para la Iglesia, el martirio no es una tragedia, sino un don: el testimonio de amor a Cristo más elevado. Muchos de los mártires españoles de 1936 ya han sido beatificados y algunos, canonizados.

También nuestra Orden Hospitalaria ha pagado su tributo, con 95 hermanos asesinados in odium fidei (por odio a la fe) y beatificados en la actualidad: 71 en 1992, junto con Braulio María Corres, Federico Rubio y sus compañeros; y 24 en 2013, junto con Mauricio Iñiguez de Heredia y sus compañeros. Nuestros religiosos murieron no solo por su fe en Cristo, sino también por su fidelidad a la misión de cuidar a los enfermos, hasta el sacrificio de sus propias vidas.

Siguen siendo conmovedores los testimonios de aquellos días. Uno de los verdugos del beato Juan Bautista Egozcuezábal Aldaz contó: «Le dijimos que blasfemara contra el nombre de Dios y la Sagrada Hostia, pero el religioso ni siquiera nos respondió y, al darnos cuenta de que estaba rezando, lo fusilamos». Tenía 45 años. Fray Francisco Javier Ponsa Casallach, que apenas tenía veinte años, al ser advertido del peligro que corría, respondió: «No me da miedo la muerte, estoy preparado; si vinieran y es voluntad de Dios, ¡daré mi vida con alegría!». Antes de ser fusilado, solo pidió unos minutos para rezar.

Los mártires no odian: su sangre es semilla de reconciliación. Murieron perdonando y nos enseñan a perdonar y a rezar por la conversión de nuestros perseguidores y enemigos de hoy. Por lo demás, la época del martirio nunca ha terminado: todavía hoy, en el mundo y también en Occidente, muchos cristianos arriesgan la vida por su fe.

El ejemplo de estos mártires sigue siendo un desafío a vivir en comunión con Cristo: la única respuesta cristiana, llevada hasta sus últimas consecuencias, frente al odio y la intolerancia; una fuerza de reconciliación, perdón y paz.

Spaziatore
Spaziatore
Ingrandisci
Spaziatore
Spaziatore
Spaziatore
 
 
Spaziatore
 
 
Spaziatore
 
 
Spaziatore

 

Salva questo testoSegnala ad un amicoStampaTorna alla pagina precedenteTorna alla home page